domingo, 17 de febrero de 2013

Historia del amor más sincero

Era un bonito día en la ciudad de Medellín.
Mi madre estaba de visita y no pensaba quedarse mucho tiempo así que decidimos aprovechar el poco que nos quedaba juntas. Fuimos a un centro comercial y mi lado tierno se sintió inmediatamente atraído por la tienda de mascotas. En el lado más escondido de la tienda estaban los más bellos y locos animalitos que cualquier ser humano podría conocer: Los Hámsters.

Los de aquella vez eran de raza Rusa (los más diminutos) y se encontraban en una especie de ataque de hiperactividad: Se enterraban en la viruta, se mordían entre ellos, tomaban agua, iban, venían, no podían quedarse quietos ni un segundo.Era un espectáculo tan tremendamente bello de ver que no me di cuenta del tiempo que llevaba observándolos. Mi madre, que lo había visto todo, prometió regalarme un par de animalitos por mi cumpleaños.

Volvimos entonces a Liborina, nuestro lugar de residencia, un pequeño pueblo en la mitad de ningún lado donde cada día es más aburrido que el anterior.
Nunca supe nada, sólo en la noche llegué a mi casa y los encontré en sus jaulitas, tremendamente tímidos, con miedo de todo, ha sido, tal vez, el espectáculo más bello que he visto.

Les puse nombres fuera de lo común: Sexy Antonia y don Rodrigo, eran de raza Siria (lo que significa que son algo más grandes que una rata).
Es increíble ver cómo un animal tan diminuto puede tener una personalidad tan definida: Sexy Antonia es tremendamente alegre, sociable e inquieta, es comedora compulsiva y su mayor pasión es acumular comida en su casa, es sedentaria, nunca monta en la rueda, lo que la ha llevado a tener un cierto nivel de sobrepeso.

Don Rodrigo es, en cambio, mucho más tímido. Se pasa todo el día dormido en su casita, sólo sale a comer y montar en la rueda, es muy deportista: Se la pasa hasta nueve horas diarias en su ruedita. Es muy calmado,  nunca es agresivo y tiene la muy desagradable costumbre de hacer sus necesidades sobre la comida que planea comer luego.

Aún no sé exactamente qué edad tienen, nunca se me ocurrió preguntarlo, ahora no hay forma de saberlo. La vida de un hámster es de alrededor 3 años, yo no planeo luchar contra la naturaleza, lo único que deseo es que el tiempo que pasen a mi lado sea un tiempo muy feliz.

Porque soy muy feliz con ellos: El estar a dos horas de mi madre hace que constantemente me sienta sola y vacía, pero cuando llego a casa y veo sus manitos agarrando los barrotes de sus jaulas mientras intentan desesperadamente averiguar quién ha llegado, me siento acompañada, me siento amada.

Muchas personas se burlan de mi amor hacia los roedores: Son ratas, dicen. ¿Y qué? ¿Eso los hace menos dignos de cariño?. Le agradezco enormemente a la vida cada segundo que paso con ellos, cuando alguien viene a visitarme ellos son el centro de atención, son increíblemente adorables. No son mis mascotas: Son mis hijos.